La casa de Bernarda Alba
Lorca escribió La casa de Bernarda Alba en la primavera de 1936, en apenas unos días, completando así la trilogía que había comenzado con Bodas de sangre y Yerma. La subtituló «drama de mujeres en los pueblos de España», y no «tragedia», una distinción deliberada: aquí no hay fuerzas míticas ni símbolos cósmicos como la Luna o la Muerte personificada, sino un realismo seco y doméstico. Es la obra más política de las tres.
La obra transcurre íntegramente en la casa de Bernarda Alba, una viuda que impone ocho años de luto a sus cinco hijas tras la muerte de su segundo marido. No aparece en escena ningún personaje masculino: todo el peso de la autoridad, la represión y el deseo recae en mujeres que se vigilan, se envidian y se asfixian entre paredes blancas que esconden una violencia constante. Bernarda encarna el poder de las apariencias y la obsesión por el «qué dirán»; sus hijas, atrapadas, representan distintas formas de resistencia y derrota ante esa misma tiranía.
El lenguaje, frente a la musicalidad de Bodas de sangre o Yerma, se vuelve aquí más directo y cortante, casi periodístico en su crudeza. Lorca renuncia a la metáfora fácil para construir una crítica frontal de una sociedad rural cerrada sobre sí misma, donde el cuerpo y los deseos de la mujer son propiedad de la familia y del honor colectivo.
Federico García Lorca no llegó a ver representada esta obra. Pocas semanas después de terminarla, estalló la Guerra Civil, y el 18 de agosto de 1936 fue detenido y asesinado cerca de Granada. La casa de Bernarda Alba no se estrenó hasta 1945, en Buenos Aires, y no llegó a los escenarios españoles hasta 1964, bajo la censura del franquismo.
Con el tiempo, se ha consolidado como la obra cumbre del teatro español del siglo XX y el testamento dramático de un autor que, hasta el final, no dejó de mirar de frente la opresión que pesaba sobre las mujeres de su tierra.