Poeta y ensayista español, nacido en Granada el 31 de mayo de 1910 y fallecido en Madrid el 24 de octubre de 1992. Formó parte de la llamada Generación del 36, (integrada, entre otros, por Miguel Hernández, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Gabriel Celaya, etc.). Dejó un fecundo legado poético que, a medio camino entre la hondura del sentimiento religioso y la preocupación por el lenguaje, constituye uno de los mejores exponentes de la «poesía arraigada» que definió Dámaso Alonso: poesía entrañable, de hondo aliento intimista, centrada en la cotidianidad del poeta: la familia, la amistad, el hogar, la costumbre.
Poeta de gran influencia en las generaciones posteriores, su producción lírica —que reaccionó contra los excesos neogongoristas para postular un retorno a la sobriedad clásica— fue reconocida en 1982 con el Premio Cervantes, el galardón literario más importante de las Letras españolas e hispanoamericanas. Desde de junio 2005, la biblioteca del Instituto Cervantes de Bucarest lleva su nombre.
Nacido en una familia acomodada, recibió una esmerada formación humanística y estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, donde se doctoró. Integrado pronto en los círculos literarios de Madrid y Granada, a pesar de la orientación falangista de su familia, compartió amistad con Federico García Lorca, quien estaba refugiado en casa de los Rosales cuando fue capturado y fusilado.
Un año antes de ese episodio trágico, Luis Rosales ya se había dado a conocer con su primer poemario, Abril (1935). Este volumen, desde el vigor juvenil, postulaba una recuperación de los moldes clásicos (romance y soneto) y un regreso a la naturalidad expresiva de la tradición, con suaves rimas asonantes y verso libre. Es una obra paradigmática de la Generación del 36.
Desde el sentimiento de la ternura, el poeta usa delicadas imágenes para hablar de lo cotidiano, sin desdeñar el dolor y el desarraigo religioso, como en «Misericordia».
El intimismo de esta primera entrega está también en su segundo poemario, Retablo de Navidad (1940), luego Retablo sacro del nacimiento del Señor (1964). Aquí Rosales vuelve a fijarse en el detalle rutinario aparentemente insignificante, como en «Canción que nunca pone el pie en el suelo»: «La nieve está hablando. Hoy / se ha vuelto loca [...] no toca en la tierra: llama, / parece llamar. / Parece».
Durante los años cuarenta, Rosales colaboró en publicaciones como la revista Escorial, en cuya fundación participó activamente. Cuando esta publicación abandonó su orientación falangista por un tono católico, fue el único del grupo fundacional que permaneció fiel. También colaboró en Isla y Vértice, y más tarde dirigió Cuadernos hispanoamericanos. Además, dejó su firma en el diario ABC.
A finales de esa década apareció su obra maestra, La casa encendida (1949). Concebido como un largo poema unitario, aporta una novedad: la voz del poeta, antes en éxtasis contemplativo, adopta una perspectiva narrativa. Triunfa la claridad del verso libre, pero no al servicio de la poesía pura vanguardista, sino para narrar hechos verídicos. La anécdota, despreciada por la poesía pura, adquiere carta de naturaleza. El poeta se presenta como un ser silencioso y cansado ante un paisaje nevado. De repente, una habitación se ilumina: irrumpe la memoria y la recuperación gozosa del pasado: la juventud universitaria, el encuentro con María (su esposa), la infancia en Granada, los padres, la criada «Pepona». La sorpresa aumenta cuando Rosales trasciende el mero recuerdo y entra en lo irracional, usando procedimientos surrealistas para pasar a la imaginación onírica. La casa encendida es una obra singular en la literatura española de posguerra, quizá el poemario más interesante después de Hijos de la ira de Dámaso Alonso (1944).
Dos años después publicó Rimas (1951), que alcanza la misma calidad. La intensidad de la emoción íntima llega a cotas difíciles de superar, como en la composición a su madre muerta, aunque también triunfa la gracia andaluza. La recurrencia de la luz y el recuerdo delimitan los senderos temáticos de su voz sosegada. Sirva como ejemplo «Lo que no se recuerda»: «Para volver a ser dichoso era / solamente preciso el puro acierto / de recordar... [...] No pudimos volver a recordarlo. / La brisa era en el mar un niño ciego».
Tras años de silencio editorial, Rosales volvió con El contenido del corazón (1969), un libro poético escrito en prosa, redactado hacia 1940. Corregido y aumentado, anticipaba rasgos de su obra posterior: la simbiosis de lírica y narrativa que triunfaría en La casa encendida, la figura de la madre muerta (como en Rimas) y la presencia obsesiva del recuerdo.
Esa difícil combinación de lirismo íntimo y enfoque narrativo reaparece en Diario de una resurrección (1979). Alcanza cimas de extraña emoción en «Guardo luto por alguien a quien no he conocido», donde el poeta relata el jadeo mortal escuchado a través de la pared de un hospital, y en «Se llamaba Molina», que describe a un pobre hombre y sus acciones corrientes.
Tras Verso libre (1980), ya con setenta años, publicó La carta entera, formada por dos poemarios independientes. El primero, La almadraba (1980), es un único poema extenso que narra la llegada a un pueblo con una almadraba (pesquería de atunes) y la aparición del amor. El segundo, Un rostro en cada ola (1980), añade el humor y el recuerdo de sucesos y personas: la llegada del poeta a Madrid, la estancia en el bar Aquarium con Ernesto (a quien conoció por Lorca), el castigo de una monja al niño Rosales, todo evocado entre la ternura y el buen humor, invitando a la alegría.
Por aquellos años, Rosales —residente en Cercedilla (Madrid) desde 1961 y elegido miembro de la Real Academia Española en 1962— era ya una figura ilustre. Una grave enfermedad (derrame cerebral) lo apartó temporalmente, haciéndole perder memoria y habla. Con tesón impropio de su edad, aprendió de nuevo a leer y escribir, se recuperó y continuó escribiendo hasta su muerte en Madrid en 1992, a los 82 años.
Otros libros poéticos: Canciones (1973); Cómo el corte hace sangre (1974); Oigo el silencio universal del miedo (1984). Además, su obra se ha difundido en recopilaciones como Las puertas comunicantes (1976), Poesía reunida (1981 y sucesivas), Antología poética (1984) y Veinticinco años de Luis Rosales en Cercedilla (1986). Sus Obras completas fueron editadas en cinco volúmenes (Trotta, 1996-1999).
Como ensayista, Rosales exhibió sus vastos conocimientos humanísticos en literatura y artes plásticas. Volcado hacia el estudio de figuras del Renacimiento y Barroco, dejó un espléndido ensayo sobre Cervantes: Cervantes y la libertad (1960, ampliado en 1985), donde sostiene que la libertad es el eje fundamental de la obra cervantina, patente en la lucha de sus personajes y en la evasión de Alonso Quijano.
También se ocupó con perspicacia del Siglo de Oro: Pasión y muerte del Conde de Villamediana (1961); El sentimiento del desengaño en la poesía barroca (1966); Poesía española del Siglo de Oro (1973); Estudios sobre el Barroco (1997). Otros ensayos: Lírica española (1972); Teoría de la libertad (1972); La poesía de Neruda (1978); El desnudo en el arte y otros ensayos (1987); Esa angustia llamada Andalucía (1987); Y de pronto Picasso (1990).
En colaboración con Dámaso Alonso y Gerardo Diego, dedicó un estudio a Antonio Machado (1978). Y con Luis Felipe Vivanco escribió el drama histórico La mejor reina de España (1939) y la selección Poesía heroica del Imperio (1941-1943).